En lengua escribimos una historia de no ficcion. El tema que elegí fue la última dictadura militar de Argentina.
Todos los años, con los primeros días de septiembre las
calles de La Plata se inundan con el olor de sus emblemáticos tilos que
empiezan a florecer. Pero para septiembre de 1976 el aroma de los tilos se
mezclaba con los del miedo y la muerte.
Éramos estudiantes en el colegio nacional de Buenos Aires.
Participábamos de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y de la Juventud
Guevarista, pero lo hacíamos a escondidas. Por aquellos tiempos no se podía
salir a decir todo lo que pensábamos, luchar por derechos que nos
correspondían. No podíamos ir en contra de aquellos muchachos que se paseaban
por la ciudad, en las noches, con sus Ford Falcon color verde. Entraban a tu
casa cuando menos te lo esperabas y dejaban a tu familia devastada.
Cada miércoles no reuníamos en la biblioteca de la
universidad a las seis de la tarde. Y permanecíamos allí hasta las 8. Cuando
llegaba el momento del toque de queda, salíamos por puertas separadas, cada uno
para su lago, aún aquellos que se amaban, por miedo a que pudieran vernos,
delatarnos.
Mis padres sabían que
yo militaba, se los había contado. Mi padre me decía que era mejor que me
quedara en casa, ya que si me iba a otro lado me estaría mostrando como una
sospechosa, en cambio si me quedaba todo estaría bien. Sin embargo no le hice
caso, seguí militando. Tiempo después, mis amigas y yo tuvimos que irnos de
casa, para estar a salvo. Sabíamos que pronto podrían llegar a buscarnos.
Todo parecía ir bien, cada día volvíamos a casa con cuidado,
intentando nunca llegar más tarde
la hora de queda. Nunca nos dimos cuenta que ellos, los de verde, nos
seguían muy de cerca.
Pronto llegaría el día del estudiante, el tan ansiado 21 de
septiembre. Con Claudia y María Clara nos habíamos pasado toda la tarde
hablando de la marcha y protesta que queríamos hacer para pedir el boleto
educativo. El teléfono de la biblioteca sonó sin parar durante dos minutos.
Claudia atendió, se quedó en silencio y luego de unos minutos le dijo a María
que debían irse. Ellas nunca se iban tan temprano, les pregunté si todo estaba
bien.
-Si Emi, solo que mi tía Rosa no se encuentra bien. Tenemos
que irnos- sus ojos parecían transmitir miedo, pero no quise seguir
insistiendo. Le di un abrazo a cada una y les dije que se cuidaran. Vivían
cerca, pero aun así tenía miedo.
Salí diez minutos después de ellas, por las dudas. Decidí
que ese día no volvería de la abuela, quería cenar con mis padres y pasar la
noche allí. Cuando llegué a casa mi mamá tenía sus ojos llorosos, estaba
inquieta. Me abrazó fuerte, casi sentí dolor. Yo no sabía que pasaba. Se secó
las lágrimas y me pidió que me sentara en el sillón.
Al saber del secuestro de mis amigas, corrí hasta el
teléfono público que había justo en la vereda de en frente de mi edificio.
Llamé a papá. Cuando supo lo que había pasado, mi viejo insistió en que fuéramos
a Mar del Plata, donde teníamos un departamento. Yo insistí hasta que entendió
que no podía n quería irme, no podía
dejar al resto de mis compañeros. Entendió que yo no podía dejar la militancia.
No ahora.
Volvía casa. Al cabo de una hora llegó papá de la oficina,
tenía una cara de preocupado que nunca le había visto. Yo recorría mi pieza de
un lado a otro, mi mente no dejaba de pensar en mis amigas, en cómo las habrían
descubierto, dónde la tenían esos hijos de puta.
Los escuchaba cuchichear, intentaban que yo no escuchara lo
que hablaban, entreabrí la puerta de mi habitación, y lo vi a papá sentado en el
comedor, con los codos sobre la mesa y sus manos rodeándose la cabeza.
No fue hasta ese momento en que me di cuenta que yo también
corría peligro, y qué si ahora venían por mí. Me dirigí hacia mi escritorio.
Todo seguía igual, hacía meses que no vivía allí. Saqué una lapicera de la lata
en donde las guardaba, busque en la repisa entre los libros mi diario y estaba
por disponerme a escribir cuando me di cuenta que no había dormido bien en
muchos días, me sentía agotada. Me saqué la ropa, me puse mi pijama y me metí
en la cama. No pasó mucho tiempo, y ya me había dormido. Sin embargó muy pronto
me despertaron esos golpes brutales y una voz que, yo para nada conocía,
pronunciando las palabras “Ejército argentino”.
Aquellos hombres se habían dado el lujo de tirar la puerta
abajo, con sus botas fuertes y ruidosas, así sin ni siquiera tocarla antes.
Ellos eran así, ingresaban imponiendo miedo y todos debían obedecerlos.
Gritaban que venían es busca de una estudiante de Bellas artes. Y esa era yo.
Papá quiso detenerlos, pero un solo empujón basto para correrlo del camino. Yo
me escondí debajo de la cama, escuchaba sus pasos recorrer todo el pasillo
hasta llegar a la puerta de mi habitación. Entraron, yo intenté no hacer ni el
mínimo ruido, mantuve la respiración para que no notaran que yo estaba
haciéndoles compañía. Sin embargo uno de ellos levantó el cubrecama que colgaba
a uno de los lados y clavó sus ojos verdes en mis ojos marrones. Jamás voy a
olvidarme de ellos.
Me tomaron por los pies, me arrastraron hasta que por fin,
mi cuerpo salió completamente de debajo de la cama. Uno de ellos me tomó entre
sus brazos. Yo intenté soltarme, gritaba y pataleaba para poder escapar.
Mientras bajaba las escaleras veía a todos los vecinos afuera de sus
departamentos, estaban ahí, parados, sin hacer nada, sin pensar en ayudarme.
Me llevaban vendados lo ojos, me metieron en uno de sus
autos, me ataron las manos y comenzaron a conducir. Iba sola en el asiento
trasero. Podría haber escapado, podía haber buscado la manija, abrir la puerta
y saltar, salvarme. Pero no lo hice.
Recorrimos un largo tiempo, no sé a dónde me trajeron. Estoy
dentro de una pequeña habitación, no tengo mucha luz. Me mantienen con los ojos
tapados. Me dan de comer y beber solo una vez al día. Me duele el cuerpo, me
duelen los moretones y tengo frío. Me tiran agua y me prohíben dormir. Quieren
que hable. Pero no quiero hacerlo, sé que esa es la única forma de enfrentar y
aguantar lo que está sucediéndome.
No sé cuándo saldré de aquí, no sé si viviré o moriré. Sé
que a mi lado hay otras de estas habitaciones, escucho gritos cuando los
torturan, escucho golpes y llantos. Me pregunto si María Clara y Claudia
también se encuentran acá.
No sé dónde estoy, no sé si viviré.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario