Salí a correr, como todos los días, con mis auriculares
puestos escuchando Morat. Recorrí la ciudad, la gente va muy apurada sabían?
Todos caminan rápido y no prestan atención a nada más. Los “permiso” se cambian
por empujones, las sonrisas por caras neutras. Si, neutras, porque al mirarlas
no se bien como se sienten. Los nenes, a los cuales les encanta ir tocando todo
a su paso, ahora se encuentran tironeados por su padres, sus caras también se
vuelven neutras y todo va perdiendo su esencia. Todos los días repiten la misma
historia, levantarse, ir a trabajar, almorzar en casa o en la oficina, volver
al trabajo o por fin a casa. Todos pensaríamos que al llegar a sus hogares sus
caras neutras cambian por una sonrisa, pero lo cierto es que al llegar sus
caras siguen igual, la cocina es un despelote porque seguramente su hija mayor
decidió cocinar, pero no le salió muy bien que digamos, el más pequeño sacó
todos sus juguetes del canasto y se encargó de repartirlos por todo el pasillo
que lleva a las habitaciones y la niñera, cansada de correr detrás de ellos,
huye de esa situación. Lo cierto es que la cara neutra si cambia. Seguramente a
esos pequeños les espera un buen sermón. Pero lo bueno es que no todas las
caras siempre se cambian a enojadas, algunas personas usan su casa como su
refugio y al llegar disfrutan de esos utensilios llenos de suciedad y de pisar
a un soldadito cuando se sacan los zapatos.
Miré mi reloj, se hacían las 12, había quedado en cenar con
Mery en su departamento. Levanté mi mirada y me di cuenta que no me encontraba
muy lejos del edificio en el que ella vive. Corrí hasta la puerta de la
construcción. Entré, decidido a subir al séptimo piso, en busca del
departamento numero 7 A. Me paré frente al ascensor, oprimí el botón rojo y me
dedique a ver la pantalla que se encontraba sobre la puerta. Observe los numero
bajar, desde el 12 al 0. La puerta no tardó en abrirse, ni yo en ingresar a ese
cuadrado de metal. Apreté el número el 7. De repente me di cuenta que había
empezado a sudar, que mis piernas cedían, el aire que había no era lo
suficiente, en mi mente las luces se habían apagado. Y de un momento para el
otro yo también me apagué.
Me desperté, según dijo Mery, 20´ más tarde.
Florencia Lubatti.
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