Ojalá
Era el año 1933, más precisamente el 15 de febrero, era mi
cumpleaños número 10, toda mi familia, que ha decir verdad eran solo 4 personas
más además de mí, se encontraba en la cocina de nuestro pequeño apartamento en
la calle Nieuwendijk, en la ciudad de Ámsterdam.
La gente que caminaba por las anchas veredas de aquella
pequeña ciudad que aún recuerdo tan brillante como siempre, ya no sonreía,
caminaba apresurada, como asustada. Eran malos tiempos para mi familia. Mamá,
Paul, Vera, y yo no pasábamos unos buenos días. Mamá había sido echada de la fábrica
textil en la que trabajaba, papá… bueno él nunca había aparecido. Mamá siempre
nos decía que él había tenido que ir a trabajar a otro país, que pronto iba
volver. Pero no lo hizo. Con el paso de los
años nos dimos cuenta que ya no le importábamos.
A las 5 de la tarde de aquel 15 de febrero que quedo tan
alejado de mí, llego una carta a casa. Mamá la abrió, mis hermanos y yo
corrimos a sentarnos al lado de ella, solo por cargar aun la triste ilusión de
que aquel trozo de papel manchado con tinta negra, pudiera ser de papá. No lo
era. Pero mamá se alegró al leerla, así que pensé que algo bueno habría de
decir.
La carta decía lo siguiente:
Querida familia
Fischer.
Hemos de escribirles
con el agrado de informarle que nos hemos enterado de su situación económica y
decidimos otorgarle un puesto de trabajo en las afueras de la ciudad, en una
nueva fábrica de muebles y artesanías. Allí podrán gozar de una nueva vivienda
gratis para usted, querida señora Fischer y para sus adorables hijos.
Sabemos que no va a
rechazar esta oferta, es por eso que mañana a las 10:00 am, la pasemos a
recoger a usted y a sus tres hijos.
Desde ya es un agrado
contar con usted.
Los saluda atentamente el general Theodor
Eicke.
Mamá estaba muy contenta con la noticia. Nos pidió que fuéramos a
nuestra pequeña habitación, en la que dormíamos mis hermanos y yo juntos, a
juntar nuestra ropa y ordenarla. La tarea fue fácil y rápida, al terminarla
volvimos corriendo a la mesa de nuestro comedor. Allí nos esperaba mamá con 4 tazas
de té, que no tenía mucho color ya que había usado el mismo saquito para todos,
y unas macitas que había cocinado el día anterior. Tomamos nuestro té en
silencio hasta que mamá fue la primera en pronunciar sonido.
-Tal como leyeron, hemos de comenzar una nueva vida, nos iremos
lejos de esta terrible catástrofe, ganare dinero y podremos salir adelante.
Deben de saber que papá ya no volverá, que se ha olvidado de nosotros y que
según se ha formado una nueva familia.
Un vez llegó a casa una
carta, con el nombre de mamá, ella se encerró en su habitación a leerla y la escuchamos,
detrás de la puerta, llorar. En el momento en que mamá pronuncio esas palabras
en la mesa, supe que esas cartas eran envidas por papá, me pregunte por que
nunca nos había contado que él le escribió, pero decidí que no era momento para
sacar ese tema de conversación ya que cada vez que preguntábamos por él mamá
lloraba por un largo rato, además la veía tan contenta que no quería borrar su
hermosa sonrisa.
Se levantó de su silla y entro en la cocina, de allí volvió con
una pequeña vela color azul y una caja de fósforos en su mano. Perforo la
masita con ella y la encendió. Los tres comenzaron a cantar el feliz
cumpleaños, luego se acercó a mí y susurrándome al oído, como si quisiera que
mis hermanos no la escuchasen me dijo:
-Pide tres deseos mi pequeño Simón.
Lo único que se encontraba en mi cabeza en ese momento, era la felicidad
de mamá al leer aquella carta, así que decidí pedir el mismo deseo tres veces,
que mamá no dejara de sonreír. Que tonto fui al desear eso.
A las 8:00 am, mamá nos despertó, nos dijo que este día cambiaria
nuestra vida para siempre. Y sí que tuvo razón. Cada uno de nosotros espero su
turno para ducharse. Una vez listos nos sentamos a desayunar, mamá seguía con
la misma sonrisa que la noche anterior. Yo me alegre al pensar que mi sueño se hacía
realidad.
A las 10 am, salimos por la puerta del frente de nuestra casa, que
ya dejaría de serla para seguro convertirse en la otra familia. 5 minutos
después llegó un pequeño colectivo en que ya había alrededor de 10 personas. Un
hombre bastante elegante y simpático ayudo a subir nuestro pequeño bolso con
aquellas cuantas prendas que teníamos.
Sin hablar subimos al colectivo, nos sentamos a la izquierda del
colectivero. Miré hacia atrás, recordé las tardes con mis amigos, las aventuras
con mis hermanos en aquella casa. La tristeza se fue , cuando al ver mi cara,
mamá me abrazó fuerte y me dijo que no me preocupara, que esos recuerdos
siempre iban a quedar en mi memoria. Viajamos por unas cuantas horas, según lo
que me dijo mamá cuando yo desperté de la larga siesta que había tomado.
Llegamos hasta un gran predio, en el centro del terreno se
encontraba una gran construcción color gris opaco de la cual salía, por una
chimenea, una gran cantidad de humo de color negro.
Una gran cantidad de personas, vestidas con un raro conjunto a
rayas, caminaba por allí. Me imagine que ese era, seguramente, el uniforme que
mamá debería de usar. Cuando nos bajamos, ese chofer, que en algún momento
había sido bastante gentil, de repente comenzó a gritarnos. Fuimos separados de
mamá. Gritamos con todas nuestras fuerzas su nombre. Ella, antes de que taparan
su boca, pronuncio cada uno de nuestros nombres seguido a un “Los amo, no se
preocupen, nos volveremos a ver pronto”. Ojala hubiera sido cierto.
La gente lloraba en cada lugar que recorriéramos, todos lucíamos los
mismos conjuntos rayados que había visto el primer día. Vera, Paul y yo
seguíamos juntos, debíamos trabajar como la gente grande que se encontraba
allí. Dormíamos todos los niños en una solo habitación, muchas veces
compartíamos nuestras camas. Cada noche me dormía con los ojos llenos de lágrimas,
recordando aquel 15 de febrero en que mamá sonreía como nunca antes, pensando
en que no habíamos vuelto a verla desde que habíamos ingresado allí.
Mamá nos había prometido salir adelante y que esta nueva vida iba
a ser mejor que la anterior, pero la verdad es que ninguno de nosotros sabia
claramente lo que nos esperaba. Fuimos sometidos a grandes trabajos que no eran
exactamente tarea fácil para unos niños de 6, 7 y 10 años. Hemos aguanto
semanas sin bañarnos, y existía algo peor aún, no habíamos vuelto a ver a mamá
nunca más.
Han pasado 5 meses ya, he quedado solo con Vera. Una tarde, en la
que volvimos de trabajar temprano, unos
soldados, más precisamente dos, entraron
a nuestra habitación, y escuche decir a uno de ellos, que era hora de una
“limpieza”. Ese mismo soldado saco del bolsillo de su chaqueta un papel. Lo
abrió, y uno por uno fue nombrando a varios de los que nos encontrábamos allí.
Uno de ellos fue Paul. Al escuchar su nombre, mi hermano se dio vuelta y me
miro asustado.
-No tengas miedo- le dije- te van a dejar ducharte, y volverás.
Ya pasaron 5 días desde que mi hermano salió por la puerta de
aquella gran habitación. Todos los días imagino a mamá y a Paul entrando por la
puerta, diciéndome que se ha terminado esta tortura y que podremos volver a
nuestra hermosa Ámsterdam. Pero eso no ha pasado y creo que no pasara jamás.
Ojala hubiera sabido que esa era la última vez que iba a ver sus
ojos, escuchar su voz, o verlo sonreír, que iba ser la última sonrisa de mamá,
que no me iba a poder despedir. Ojala hubiera deseado otra cosa aquel 15 de
febrero. Ojalá mamá, Paul estuvieran vivos.
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